Daniela Carrión (Geógrafa especialista en glaciares) y Felipe Ugalde (Geólogo especialista en glaciares)
Lo ocurrido en Nepal es una dolorosa advertencia de que la criósfera no es un paisaje inmóvil. Un desprendimiento masivo de hielo y roca desencadenó una violenta crecida que arrasó poblados e infraestructura, dejando centenares de víctimas entre fallecidos y desaparecidos.
No es un fenómeno que debamos mirar como algo lejano. En mayo de 2025, el colapso del glaciar Birch, en Suiza, sepultó gran parte del pueblo de Blatten bajo millones de toneladas de roca y hielo. Allí, el monitoreo previo permitió evacuar a la población antes del desastre. No obstante, este no fue el caso en Nepal.
Estos eventos nos obligan a cambiar la manera en que entendemos los territorios de montaña. Los glaciares retroceden, aparecen y crecen nuevas lagunas, se desestabilizan laderas y cambian las condiciones del permafrost. Con ello también los glaciares pueden provocar grandes desprendimientos que generan amenazas en cascada.
Chile no está ajeno. Los ejemplos del aluvión del estero Parraguirre en 1987 y de Villa Santa Lucia en 2017 son precedentes, de distinta magnitud a lo ocurrido en Nepal, cuya experiencia y conocimiento debe fortalecerse y extenderse a otras regiones del país.
Necesitamos identificar y estudiar sistemáticamente glaciares inestables, identificar las lagunas susceptibles de generar aluviones, y detectar laderas propensas a la desestabilización para generar y robustecer nuestros sistemas de alerta temprana.
La criósfera está cambiando frente a nuestros ojos. Ya no basta con estudiar cuánto hielo estamos perdiendo: necesitamos comprender en qué se están transformando nuestras montañas y prepararnos para habitarlas en este nuevo escenario.
Porque conocer el cambio también es una forma de protegernos.