
Por Juan Mansilla Sepúlveda Doctor en Filosofía y Letras – Profesor Titular Universidad Católica de Temuco – Presidente de la Sociedad de Historia de la Educación Latinoamericana (SHELA)
PISA 2025 ofrece a Chile un balance ambivalente. Entre los avances destacan la estabilidad en ciencias respecto de 2022 y 2015 y la reducción de la brecha socioeconómica: la diferencia entre el cuartil más aventajado y el más desfavorecido llegó a 76 puntos, frente a 85 en la OCDE, por una mejora entre los estudiantes desfavorecidos. El apoyo docente es otra fortaleza: 86% afirma que su profesor se interesa por el aprendizaje de cada estudiante.
Los retrocesos son severos. Matemática y lectura descendieron respecto de 2022 y se situaron por debajo de 2015 y 2018. Solo el 41% alcanzó el nivel mínimo en matemática, el 62% en lectura y el 63% en ciencias. Además, el 43% reporta ruido y desorden en la mayoría de las clases de ciencias.
Las cifras exigen acción, pero también vigilancia onto-epistemológica. PISA no es un espejo neutral: es un dispositivo psicométrico de conmensuración que traduce trayectorias heterogéneas a una escala común. Su arquitectura determina qué saberes cuentan y bajo qué parámetros un sistema aparece exitoso o rezagado. La diversidad histórica, lingüística, territorial y cultural corre así el riesgo de convertirse en desviación respecto de un patrón internacional.
Confundimos medios con fines. Max Horkheimer, antes de la Segunda Guerra Mundial, advirtió que la razón se vuelve instrumental cuando renuncia a interrogar los fines y se limita a calcular la eficacia de los medios. Medir con sofisticación no responde para qué educamos, qué sociedad queremos construir ni cuáles saberes excluimos.
Criticar el instrumento no puede ser una coartada para eludir responsabilidades. Estos resultados son los esperables en un país donde la educación, pese a la retórica oficial, no ha sido una prioridad sostenida del Estado. Gobiernos de izquierda y de derecha han promovido reformas, programas y evaluaciones, pero no un compromiso para superar la segmentación, fortalecer la educación pública y asegurar condiciones equivalentes para aprender.
Chile no es una excepción. Para los Estados latinoamericanos, la educación aparece como prioridad en los discursos, pero deja de serlo en los presupuestos, las políticas y las condiciones materiales de las escuelas. Se suceden reformas y mediciones mientras persisten las desigualdades estructurales. PISA muestra el problema: América Latina y el Caribe (Abya Yala) continuará midiendo las consecuencias de aquello que sus Estados han decidido no priorizar.