· 30 Octubre 2026

Embalses recuperados ¿El fin de la sequía?

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Gonzalo Sánchez Banda, Ingeniero Civil en Obras Civiles, Magíster en Ciencias de la Ingeniería | Hidrologizados

Durante varios años, embalses vacíos y lagunas secas se convirtieron en símbolos de la megasequía en Chile. Hoy, las lluvias de las últimas temporadas han cambiado ese paisaje. Donde antes había suelo agrietado, vuelve a aparecer el agua. Sin duda es una gran noticia para nuestro país. Pero también plantea una nueva pregunta: ¿estamos frente al fin de la escasez hídrica?

Ejemplos hay muchos. El embalse La Paloma, en la Región de Coquimbo, llegó a apenas un 4% de su capacidad en junio de 2024 (DGA, 2024) y alcanzó un 77% en octubre de 2026 (DGA, 2026). La laguna de Aculeo, que se secó completamente en 2018, ha experimentado una importante recuperación, documentada mediante imágenes satelitales y observaciones en terreno por el Ministerio del Medio Ambiente (MMA, 2025). En la Región de Valparaíso, el lago Peñuelas, que en febrero de 2022 almacenaba apenas 0,03 millones de metros cúbicos (DGA, 2022), registró un 17% de su capacidad al 26 de octubre de 2026 (DGA, 2026). Las cifras son distintas, pero la recuperación es evidente y demuestra cuánto puede cambiar el panorama tras temporadas favorables.

Sin embargo, recuperar el agua visible no equivale a recuperar todo el sistema hídrico. Los embalses pueden responder rápidamente a las lluvias, los ríos y los deshielos, mientras que las aguas subterráneas pueden tardar mucho más en reponerse. Además, cuando las precipitaciones se concentran en pocos días, parte del agua escurre rápidamente, ocasiona crecidas y no necesariamente se infiltra donde más se necesita.

Parte de lo ocurrido este año está relacionado con El Niño, un fenómeno climático asociado al calentamiento anormal de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. Durante esta fase, las condiciones atmosféricas tienden a favorecer el ingreso de sistemas frontales y mayores precipitaciones durante el invierno y la primavera en Chile central.

La fase opuesta, La Niña, se asocia al enfriamiento de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial y, históricamente, a inviernos más secos en Chile central (Garreaud et al., Universidad de Chile). Esto no significa que cada episodio produzca necesariamente una sequía, ni que podamos anticipar con certeza cuándo llegará el siguiente. De hecho, según el pronóstico publicado el 8 de octubre de 2026 por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, 2026), existe una probabilidad superior al 83% de que El Niño se mantenga con una intensidad fuerte a muy fuerte durante el trimestre enero-marzo de 2027. Sin embargo, la variabilidad entre las distintas fases de este fenómeno nos recuerda que los períodos de abundancia pueden dar paso a nuevos déficits hídricos. Nuestra planificación no debería depender de que el próximo invierno vuelva a ser lluvioso.

A esta variabilidad natural se suma el cambio climático, que modifica las condiciones de fondo y plantea desafíos adicionales para la disponibilidad de agua. Por ello, uno o dos años de lluvias abundantes no borran automáticamente los impactos de una sequía prolongada. Los acuíferos, los ecosistemas y las comunidades no necesariamente se recuperan al mismo ritmo que los embalses. Y las lluvias que hoy permiten almacenar agua también pueden generar inundaciones y daños cuando ocurren con gran intensidad.

La recuperación actual debe ser más que un motivo de alivio: debe convertirse en una oportunidad para aprender. Necesitamos mejorar la eficiencia del uso del agua, proteger los ecosistemas y las zonas de recarga, fortalecer la información hidrológica y planificar nuestras cuencas pensando tanto en los años húmedos como en los secos. No se trata de dejar de utilizar el agua, sino de evitar que su abundancia temporal justifique los mismos patrones de consumo y gestión que generaron los problemas del pasado.

Que el agua haya vuelto es una excelente noticia. Que siga disponible para las próximas generaciones dependerá, en buena medida, de la gestión eficiente del recurso hídrico.

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