· 12 Agosto 2026

Humedales: la infraestructura natural que protege a Chile frente a eventos climáticos extremos

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Más allá de albergar una enorme biodiversidad y proveer agua dulce a diversos territorios,
los humedales cumplen un rol clave para reducir el impacto de inundaciones, marejadas y
lluvias intensas. Pese a ello estos ecosistemas enfrentan enormes presiones, amenazas e
incluso desapariciones a nivel global y también en Chile.

Luli Claro, periodista

No importa si son costeros, ribereños, lacustres o urbanos, los humedales son
ecosistemas que desempeñan un papel fundamental para la biodiversidad, ya que cerca del 40% de las
especies de plantas y animales dependen de ellos para sobrevivir. Además, contribuyen a la recarga de
acuíferos que almacenan alrededor del 97% del agua dulce no congelada del planeta, ayudan a purificar
las aguas, estabilizan las costas y capturan carbono, convirtiéndose en aliados esenciales frente a la
crisis climática.
Su importancia, sin embargo, va mucho más allá de la conservación de la naturaleza, algo que ha
quedado en evidencia tras los recientes sistemas frontales que afectaron al país: estos ecosistemas
funcionan como verdaderas esponjas naturales, capaces de absorber y almacenar enormes volúmenes
de agua durante lluvias intensas. De esta manera reducen la velocidad de la escorrentía, amortiguan los
caudales, recargan las napas subterráneas y disminuyen el riesgo de inundaciones. Diversos estudios
muestran que su conservación puede reducir entre un 10% y un 15% el caudal máximo de una crecida,
mientras que, por el contrario, su degradación o relleno puede aumentar hasta en un 50% el riesgo de
inundaciones. En las zonas costeras, además, ayudan a disipar el impacto de marejadas y tormentas,
entregando una protección natural frente a eventos meteorológicos cada vez más frecuentes e intensos.
Pese a estos beneficios, los humedales continúan desapareciendo a un ritmo alarmante. Se estima que
el planeta ha perdido entre un 64% y un 71% de estos ecosistemas durante el último siglo. En Chile,
aunque ya existen más de 140 humedales urbanos protegidos, una parte importante de las solicitudes de
declaratoria aún permanece en tramitación, debido a retrasos administrativos y falta de recursos. A ello
se suman iniciativas legislativas que podrían debilitar los estándares actuales de protección, poniendo en
riesgo ecosistemas fundamentales para la biodiversidad, la seguridad hídrica y la resiliencia de las
ciudades frente al cambio climático.
“Los últimos temporales dejaron una lección muy clara: la mejor infraestructura para enfrentar la crisis
climática muchas veces ya existe en la naturaleza. Los humedales absorben el exceso de agua,
disminuyen el riesgo de inundaciones, protegen las costas y ayudan a resguardar a las comunidades.
Destruirlos o seguir retrasando su protección significa perder una de las herramientas más eficaces y
menos costosas para adaptarnos a un clima cada vez más extremo. Proteger los humedales no es solo
una decisión ambiental, es por sobre todo una decisión de seguridad para las personas y economías
locales, así como una necesidad para la resiliencia de nuestras ciudades y zonas rurales”, explicó
Silvana Espinosa, experta en Clima y Ecosistemas de Greenpeace.
Cómo respondieron diversos humedales a los temporales
Los recientes sistemas frontales dejaron una evidencia concreta del papel que cumplen los humedales
como infraestructura natural. En distintos puntos de la Región de Valparaíso, organizaciones territoriales
observaron cómo estos ecosistemas absorbieron el exceso de agua, redujeron la velocidad de los

caudales y ayudaron a disminuir el riesgo de inundaciones. Al mismo tiempo, las zonas intervenidas o
degradadas mostraron una mayor erosión, anegamientos y pérdida de capacidad para contener las
lluvias.
Como una barrera natural frente a las lluvias, el humedal de Los Molles canalizó el agua proveniente de
las quebradas y evitó que llegara a zonas pobladas. Sin embargo, las intervenciones sobre el ecosistema
modificaron su comportamiento. “Observando el comportamiento de los humedales de Los Molles y
Pichicuy durante la actual emergencia climática, podemos ver que en ambos casos estos ecosistemas
actuaron canalizando el agua que desciende de las quebradas, evitando que se desviara hacia las zonas
pobladas de cotas más bajas. Al mismo tiempo, en Los Molles se hizo visible el efecto de la degradación
del humedal: el angostamiento producido por los rellenos ilegales genera un aumento en la velocidad del
agua”, sostuvo Nicolás Ferraro, dirigente del Cabildo Ciudadano de Los Molles.
Un comportamiento similar se observó en la desembocadura del río Maipo, entre San Antonio, Llolleo y
Santo Domingo, donde se evidenció cómo los diversos cuerpos de agua -como los humedales Ojos de
Mar- funcionaron como inmensas esponjas naturales, absorbiendo los excesos de precipitaciones y
amortiguando las crecidas del caudal, donde la vegetación (juncos y totoras) cumplió un rol fundamental
mitigando también la fuerza de las crecidas. Sin embargo, Liliana Plaza Cancino, de la Fundación Ojos
de Mar, apuntó que “en sectores degradados por malas ‘limpiezas’ (donde se arrasó con la vegetación)
se observó un mayor desprendimiento de sedimentos generando un estancamiento de las aguas
producto de una remoción subterránea, como en el Estero el Sauce en Llolleo”, lo que implica que, en
definitiva, en las áreas donde los humedales han sido rellenados el agua simplemente no tuvo dónde
infiltrarse.
En Quebrada de Córdova, en El Quisco, el ecosistema permitió regular naturalmente el aumento del
caudal. “Durante este sistema frontal observamos que el Humedal Córdova y su quebrada respondió
como un sistema natural de regulación hídrica. El aumento del caudal permitió que el humedal
almacenara temporalmente grandes volúmenes de agua, disminuyendo la velocidad del escurrimiento
hacia sectores aledaños y reduciendo la erosión en distintos puntos del estero”, afirmó Tomás Uribe
Ugarte, secretario de la Organización Comunitaria Funcional Somos Humedal Córdova.
Frente a un escenario climático donde los eventos extremos serán cada vez más frecuentes e intensos,
Chile necesita avanzar en infraestructura que permita reducir riesgos y proteger a las comunidades. Sin
embargo, la resiliencia climática no puede entenderse únicamente como una oportunidad para construir
más obras de hormigón. La primera línea de defensa muchas veces ya existe: son los ecosistemas que
durante miles de años han regulado naturalmente el agua, protegido las costas y amortiguado los
impactos de la naturaleza.
La experiencia de los últimos temporales demuestra que no basta con intentar contener el agua una vez
que hemos intervenido el territorio. Los humedales, quebradas y otros ecosistemas no son espacios
vacíos a ocupar, sino infraestructura natural que debemos proteger y restaurar. Mientras un muro desvía
el impacto hacia otro punto, un humedal absorbe, distribuye y disipa la energía del agua. Por eso, la
adaptación climática no solo requiere invertir en nuevas obras, sino, por sobre todo, necesita conservar
aquellos sistemas naturales que ya están cumpliendo una función fundamental para la seguridad de las
personas y de nuestras ciudades.

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