Daniela Carrión, geógrafa y especialista en glaciares
Quienes volvemos una y otra vez a la montaña aprendemos pronto que ninguna ruta es exactamente igual a la anterior. Cambia la nieve, cambia el viento, aparecen grietas y desaparecen huellas. Pero hoy existe una transformación más profunda: la cordillera que recorremos está cambiando frente a nuestros ojos.
Como glacióloga y montañista he tenido el privilegio de observar los Andes desde dos perspectivas que, para mí, son inseparables. Los estudio a través de imágenes satelitales, mediciones y largas series de datos, pero también los conozco caminando sobre sus glaciares, atravesando morrenas y buscando pasos que alguna vez fueron evidentes. Y ambas miradas cuentan la misma historia: el paisaje glaciar se está transformando.
El retroceso de un glaciar no significa solamente que su frente se encuentre algunos metros más arriba del valle. Donde antes había hielo pueden aparecer lagos, extensas superficies de sedimentos y laderas que permanecieron cubiertas durante décadas o siglos. Sectores antes transitables pueden volverse inestables; cambian los accesos, los cruces y, con ellos, las rutas tradicionales de montaña.
A veces nuestros mapas envejecen más rápido de lo que imaginamos.
Para quienes practicamos montañismo, esto implica también aprender a movernos de otra manera. Una descripción de ruta escrita hace veinte años puede seguir siendo una excelente referencia, pero no necesariamente representa las condiciones actuales. Donde antes se ingresaba directamente a un glaciar hoy puede existir una morrena difícil de atravesar. Un antiguo nevero puede haber desaparecido. Una aproximación sencilla puede terminar frente a un lago que antes no existía.
Por eso, hablar de montañismo responsable ya no significa solamente “no dejar rastro”. También significa comprender el territorio que estamos recorriendo.
Significa informarnos sobre las condiciones actuales, revisar imágenes recientes, conversar con quienes estuvieron allí durante la temporada, evaluar alternativas y estar dispuestos a cambiar el itinerario. Significa entender que una ruta histórica no constituye una garantía de seguridad y que renunciar también forma parte de una buena decisión en montaña.
Los glaciares son extraordinarios archivos del clima, pero también son parte del territorio que habitamos, estudiamos y recorremos. Sus cambios están redibujando lentamente nuestra geografía.
Quizás por eso regresar a una montaña conocida produce hoy una sensación particular: sabemos dónde estamos, pero el paisaje ya no es exactamente el que recordábamos.