
Sergio Cabezón, periodista
– Décadas de investigación, con centros y recursos dedicados a encontrar una cura, no han producido todavía un tratamiento disponible parada totalidad de los pacientes.
– En nuestro país, la demencia y la enfermedad de Alzheimer constituyeron en 2025 la principal causa específica de muerte entre las mujeres, según datos preliminares del Departamento de Estadísticas de Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud.
– El desarrollo más maduro está en los biomarcadores sanguíneos, que permiten detectar señales biológicas del Alzheimer cada vez más temprano, explica la Dra. Soledad Matus, directora del Laboratorio de Biología de la Neurodegeneración del Centro Ciencia & Vida, quien estudia las proteínas que sostienen la estructura en la que se aloja la memoria.
Un análisis de sangre ya puede detectar señales biológicas asociadas a la enfermedad de Alzheimer en etapas tempranas. El marcador más avanzado apunta a una forma alterada de la proteína tau, la misma que se acumula en el cerebro de los pacientes. Para esas personas detectadas a tiempo no existe todavía un tratamiento que frene o cure la enfermedad, aunque en los últimos años se han aprobado terapias capaces de desacelerar modestamente su progresión en grupos seleccionados de pacientes en etapas tempranas, cuyo Día Mundial se conmemoró el pasado 21 de septiembre.
El Alzheimer y las demencias explican entre el 60% y el 80% de los casos de demencia. En 2021, esa condición afectaba a cerca de 57 millones de personas en el mundo y las proyecciones la sitúan en 139 millones hacia 2050. En Chile viven alrededor de 200 mil personas con demencia, equivalentes al 7% de la población mayor de 60 años, de acuerdo al Plan Nacional de Demencia. Según datos del DEIS, el Alzheimer y las demencias son la cuarta causa específica de muerte del país y, entre las mujeres, la primera.
La Dra. Soledad Matus, bioquímica y académica USS, lidera el Laboratorio de Biología de la Neurodegeneración del Centro Ciencia & Vida, de la Fundación Ciencia & Vida y la Universidad San Sebastián (FCV-USS). Su equipo estudia el punto donde dos neuronas se conectan, llamado sinapsis, y las proteínas que mantienen firme esa unión. Ahí empieza el daño del Alzheimer, años antes de que aparezca cualquier síntoma.
El laboratorio explora las estructuras que participan en la formación y mantención de la memoria, las neuronas y sus conexiones; y las proteínas que mantienen esa unión en condiciones de funcionar. Sus líneas de trabajo apuntan a identificar qué factores sostienen la estructura y cuáles participan en su deterioro. Con resultados ya publicados, el grupo sostiene que ese tipo de proteínas podría servir como blanco para futuras terapias.
El Alzheimer suma décadas de investigación en centros de todo el mundo y hasta ahora, si bien no se ha logrado una cura para todos los pacientes, en los últimos años la FDA ha aprobado el uso de anticuerpos que demoran la progresión en algunos pacientes con Alzheimer temprano, señala la Dra. Matus. “Actualmente no hay terapias curativas (N. de la R.: la FDA de Estados Unidos aprobó dos medicamentos, lecanemab y donanemab, con beneficios acotados) que se traduzcan en algo efectivo y accesible para todos los pacientes”.
La señal antes del síntoma
Un biomarcador es una característica biológica medible, por ejemplo, una molécula que circula en la sangre, que informa sobre un proceso que no necesariamente es visible clínicamente. En el Alzheimer, algunos biomarcadores sanguíneos permiten detectar cambios asociados a la enfermedad y podrían contribuir a reconocerla en etapas cada vez más tempranas.
Los desarrollos más avanzados se dirigen a una forma modificada de la proteína tau, uno de los componentes de los agregados proteicos que se detectan en el cerebro con la enfermedad. Su capacidad para identificar la patología asociada al Alzheimer es cada vez mayor, aunque su interpretación depende del contexto clínico. “Si bien no está completamente resuelto ahora, sí hay algunos indicios de marcadores que nos permitan diferenciar, o le permitan al médico diferenciar, si ese olvido del cual uno está relativamente preocupado va a derivar en un proceso patológico o es parte del proceso natural”, precisa la investigadora chilena.
Ahí está la asimetría que ordena hoy las expectativas. El avance del diagnóstico abre la posibilidad de identificar cada vez más temprano la enfermedad, mientras que las opciones terapéuticas siguen siendo limitadas. Esa diferencia hace especialmente relevante desarrollar en paralelo mejores herramientas de detección y tratamientos capaces de actuar antes que el daño sea avanzado.
“El marcador es la banderita roja que nos está diciendo que esto puede terminar mal, y la aplicación de una terapia cuando esté disponible. Las dos cosas van de la mano”, describe la Dra. Matus. El interés por anticipar tiene además una razón biológica que está en el momento en que comienza el deterioro. Muchos de los cambios biológicos asociados al Alzheimer comienzan años antes de que aparezcan los síntomas clínicos y ese desfase es lo que vuelve determinante la detección.
El primer evento del deterioro
Una neurona no toca a la siguiente. Entre ambas queda un espacio mínimo donde se transmite la señal química que permite que la información circule; ese punto de contacto es la sinapsis. La memoria depende menos de una zona del cerebro que pueda señalarse con un dedo y más de la estabilidad de esos millones de contactos. Si la estructura que los sostiene se degrada, el circuito pierde la capacidad de fijar y de recuperar información.
La alteración y pérdida de las conexiones sinápticas constituyen uno de los eventos más tempranos del proceso y se relacionan estrechamente con el deterioro que avanza en cadena hacia el cuadro clínico. “Pareciera que, cuando la patología se manifiesta clínicamente, una parte importante del daño en las estructuras que sostienen la memoria ya ha ocurrido”, sostiene la bioquímica.
De ahí el desplazamiento del foco hacia lo que sucede antes del síntoma. El grupo liderado por la Dra. Matus estudia una proteína que participa en la regulación de las propiedades de esa conexión, y los resultados ya publicados, cruzados con la literatura disponible, abren la posibilidad de dirigir alguna terapia hacia ese tipo de blancos.
La complejidad del cuadro condiciona el tipo de solución esperable. Décadas de investigación no han producido una cura, y lo que se discute en el campo combina varios frentes de intervención simultáneos. “Dado que es una enfermedad muy compleja, y ha sido muy difícil encontrar una cura, es posible pensar que van a ser terapias complementarias, que van a depender de varias cosas y no de un solo compuesto”, plantea la Dra. Soledad Matus.
El laboratorio de Biología de la Neurodegeneración investiga cómo se forma la memoria en condiciones normales, un proceso que define buena parte de lo que una persona es, y ese conocimiento es el que después permite identificar qué falla. El deterioro del envejecimiento y el patológico no son el mismo proceso, y distinguirlos es parte del mismo problema, acota la investigadora del Centro Ciencia & Vida y académica de la Facultad de Ciencias de la USS.
Mientras no exista tratamiento
Olvidar un nombre o el lugar donde quedaron las llaves acompaña al envejecimiento y no constituye por sí mismo una señal de enfermedad. Uno de los criterios que separa un fenómeno del otro es funcional. Es decir, si el deterioro cognitivo impacta en la capacidad de la persona para desenvolverse de manera independiente en la vida diaria, representa una alerta importante.
Ante la ausencia de una cura y las limitadas opciones terapéuticas, la discusión pública se concentra en los factores que una persona puede modificar. De acuerdo al Plan Nacional de Demencia, estos factores representan un 62% del total en Chile, frente a 45% a nivel mundial y 54% en Sudamérica. Algunos de los factores que se han destacado para ser considerados, en la población chilena son la obesidad, la hipertensión arterial y la inactividad física. El mismo informe añade que la demencia es más prevalente en zonas rurales, con 10,3%, que en zonas urbanas, con 6,3%.
Las guías de las asociaciones mundiales de Alzheimer convergen en un punto, que es mantener la función cognitiva activa. La lista de prácticas es amplia y admite sustituciones, porque el efecto se atribuye al uso sostenido del cerebro y no a una actividad determinada. “Al final va a depender del gusto de las actividades de la persona, y hay personas que prefieren jugar dominó y otras que prefieren leer, ver películas o simplemente conversar”, cuenta la investigadora del Centro Ciencia & Vida (FCV-USS).
La lectura, los juegos que exigen cierto esfuerzo, la conversación y el mantenimiento de las relaciones sociales aparecen en esas recomendaciones con el mismo rango, y el componente social pesa tanto como el intelectual. El consumo de pantallas entra en el balance por su función antes que por su volumen, porque el mismo dispositivo que aísla puede ser el que organiza un encuentro presencial. El riesgo, para la bioquímica, aparece cuando ese uso se vuelve la única actividad.
Un dato consolidado en la literatura conecta el deterioro cognitivo con la trayectoria educativa.
A nivel poblacional, una mayor escolaridad se asocia con menor riesgo de la enfermedad, una asociación que Matus extiende con cautela hacia la primera infancia y los primeros mil días de vida. Sobre ese tramo marca que se mueve en terreno de hipótesis. “Si permitimos que esa niña que nació se desarrolle en todo su esplendor, quizás eventualmente eso permita que sea un adulto con capacidades más plenas, y eso eventualmente lleve a un deterioro menor de su función cognitiva. Pero es algo que no sabemos a ciencia cierta”.
Ninguna de esas prácticas garantiza prevenir la enfermedad ni sustituye un tratamiento específico. Lo que la evidencia asocia con el uso sostenido del cerebro es un menor deterioro de la función cognitiva, sin garantía individual. La identificación de los factores que sostienen esa estructura sigue abierta como problema de laboratorio y es uno de los principales motivos que alientan a la comunidad científica a seguir explorando a la más común de las demencias.